Entradas

Mostrando entradas de abril, 2021

Múltiple opción.

 — La penúltima . — ¿Y así nomás lo decís? ¡No tenés vergüenza! —¡Te contesté! —¡Sinvergüenza! ¿Alguna vez te faltó la camisa planchada o la cena servida cuando llegabas después de estar fuera todo el día con quién-sabe-quién empinando el codo? ¡Sólo te pedí una respuesta! Aquello era imperdonable, la penúltima de la lista. Porque la señora de García estaba segura de que era la primera. Pero si García decía la penúltima, sería la penúltima. “Y era la penúltima, nomás”, pensaba estupefacta la señora de García, con el viento soplándole en la cara, mientras García manejaba la flamante nave cero Ká descapotable que se habían ganado en el sorteo después de haber seleccionado la respuesta correcta.

Carne fresca.

  Como era de esperar , García una vez más había pecado, no había podido resistirse a las tentaciones de la carne fresca. Contrariamente a lo que podría creerse, no lo aterrorizaba tanto el ir a confesarse con el padre Bermúdez, sino la reacción de “aquella”. Utilizaría la pirámide ad hominem. Se concentró. Anotó: “Ella me provocó. Yo quería irme pero seguía insistiendo.” Sí y solo sí fuera necesario agregaría “Me encerró en el local”. Al llegar a casa, García repitió cual mantra, su excelsa argumentación. Pero la señora De García lo superó, bajando al máximo nivel de la pirámide ad hominem: “¡Ya te dije que no se puede comer carne, infeliz, y vos seguís sin respetar la veda y te vas a las carnicerías de Canelones!”

Destino fatal. (Primer Premio)

  Todavía queda media hora. —Cuídense, los amo —le digo a mi familia, celular en mano, mientras me limpio la transpiración que me genera lo irreversible. El avión avanza. Pienso en las probabilidades. Una en un millón. Debería estar feliz por haber salido favorecida en esta lotería. Ya veo el blanco. Por qué no pierdo la conciencia y ya. Tengo taquicardia. ¿Me haré pedazos? ¿Explotaré? Se va acercando más. Más. —Ahora sos Mimí. Acá está tu nuevo pasaporte y tu esquina. Y si no te portás bien, vos y tu familia… pum. —me dice el rufián. Y el avión aterriza en Milán.

Marcha atrás. (Primer Premio)

  El timbre anunció que no había marcha atrás. Paralizado y perplejo, acurrucado como un bicho bolita, con la cabeza gacha, las piernas flexionadas y sus brazos abrazándolas, Rubén aguardaba inmóvil su fatal destino. ¿Por qué ignoró las piezas que no cerraban en aquel rompecabezas? Debió haber sido más precavido, pero ya era demasiado tarde. La imponente figura lo intimidaba: su mirada seria, las formas perfectas, la pollera roja de tul que danzaba al son del ventilador… la criatura se le acercaba, irremediablemente: —Sh…Te llegó la hora— le susurró al oído —Bo, bombón. ¡Ay! Ese timbre de voz fatal.

Sólo un tilde.

  La gran interrogante es por qué, piensa Rubén. ¿Qué hizo él para merecer un destino tan atroz? El bullying de los compañeritos de la escuela “Rubeeeén”, el pasar desapercibido ante las mujeres hermosas, “Rubeeeén”. Por eso hará justicia por mano propia. Será un golpe certero, todos piensan que él es un palurdo incapaz de tomar decisiones. ¡Ay! Cómo quisiera verles las caras de desconcierto y oírlos cuchichear, manga de malnacidos. Pero no puede. Porque está adentro. Adentro del registro civil, insistiendo en llevar el trámite hasta las últimas consecuencias: —¿Está seguro? ¿Por qué nadie lo entiende? Aborrece a sus padres, merecen la muerte por sus ínfulas porteñas. Ya no es más Rubén, Ahora es… Ruben. Es sólo un tilde, desgraciados.

Pum.

  La gran interrogante es si hay vida después de la muerte. “Eso sólo lo puede saber quien lo vivió “, dice la gente. Toco la piel aterciopelada de Mariana, que aún huele a duraznos y jazmines. —¡Arriba las manos! —me grita el policía. Obedezco, subo la mano hasta ese punto exacto en el que, después del “pum”, me explota la cabeza. No me voy a quedar con la interrogante, pero me da miedo ir sólo.

Pan comido.

 “ He vivido , esto es pan comido”, y mientras esa retahíla de pensamientos danzaba cual grácil bailarina por los caminos de –a su entender- privilegiado cerebro, Rubén se acodó a la barra: —Dame un bloody Mary —le espetó orondo al barman. El minón infernal que, por supuesto, había sucumbido a sus encantos, se hacía esperar, pero tamaña erogación lo ameritaba. —Hola bebé —. El susurro interrumpió sus cavilaciones. Zenia, la celestial criatura, pidió ostras al champagne. Rubén pensó en robar las joyas a su santa madre y pasarlas a cobre. Zenia eligió un hotel cinco estrellas para “aquello”: —Bebé, voy al jacuzzi, ya vuelvo. Tras tres horas, se le apareció como Dios la trajo al mundo. “Ahora sí, papá”, se aprontó Rubén y el celular de Zenia sonó: —Bebé, internaron a papá, me voy, pero te juro que nunca te voy a olvidar.

Yanpolsar.

 — Todos estamos condenados a elegir , por eso la libertad es angustia —dijo él, con el aplomo que la ocasión requería. —Nosotros no elegimos, todo está escrito —repuso la señorita, y la calificó con un 10. Era obvio que siempre las mujeres hermosas caían rendidas a sus pies. Pero esta, era tan inteligente como él. —Linda e inteligente — “Con esto la dejo muerta”, pensó. —Yo también te califiqué, bebé. —“Además es vidente, ¡bien papá!”. —¿Y cuánto me diste, ricura? — Era obvio que 10, después de haberle demostrado con creces su performance en esas lides tan cochinas. —Mi Yanpolsar, me dejaste muerta y te quiero corresponder. —Papá espera, mamita… Y así fue que Rubén, cayó de la silla tras el disparo y quedó bien muerto.

Agonía. (Mención)

  Pensó en poner fin a su agonía, así no valía la pena vivir. Lo haría esta misma noche. Siempre le habían dicho “cobarde”, y ahora, todo el mundo se iba a meter sus palabras ahí mismito. Increíblemente, sentía alivio. Cuando llegó la hora, sirvió el vino en una hermosa copa de cristal. Abrió la cápsula, y vertió el polvo dentro. Antes de que pudiera hacer nada, se escuchó una voz chillona: —¡¿Rubén, qué hacés ahí?! ¡Movete, infeliz! —Gorda, te serví una copita de vino… —¡Al fin servís para algo! —gorjeó la gorda y se tomó todito. —Claro que sirvo para algo, gritame ahora, desgraciada, nunca más me vas a gritar en tu puta vida, cerda malnacida. Era un hombre empoderado. Abrió la puerta para hacerse humo, cuando sintió un pulgar sobre el hombro: —¿A donde vas, infeliz? ¡Servime otra!

El cuchillo de mamá.

  No es lo mismo , qué se cree esa manga de malnacidos, claro que es lo mismo, o acaso creen que por tener eso de dos metros, son más. Ni que fuera el encaje negro de mamá, que en paz descanse, amén. Después de todo el bullying que me hicieron, más vale chiquito y juguetón que grande y manganzón, desgraciados. Al fin y al cabo soy yo el condenado, y sólo me valí del cuchillo de mamá, que en paz descanse, amén. —Maní García, a los eunucos de tus amigos les implantaron el coso y ahora son estreshas porno, vos tenés ‘pa 25 años, gil—se ríe el Manguera, mi compañero de celda.

En su ley.

  En líneas generales , nada ilegal podría deducirse de la maniobra. La culpa era del otro. Que viniera la policía, nomás. Qué culpa tenía él si no lo había visto antes. “La culpa siempre la tiene el de atrás”. No iba a pagar ni un puto peso. La Bemba negra, estaba atravesada en la mitad de la calle, con la puerta abierta. Los bocinazos eran apabullantes: —¡Arrimalo al cordón, gil! —puteaba el del Audi de atrás. —¡No hasta que se baje! —gritaba el del auto atravesado, histérico. —¡Yo no me bajo hasta que no me pagués, ricura! —reclamaba el que estaba sentado en el asiento del acompañante. —¡Bien que te gustó la minifalda negra, bó! —¡Es que te vi sólo de atrás!

García otra vez.

  Comenzó su microrrelato , a su entender con una idea excelsa, que seguramente a nadie más se le ocurriría. Lo corrigió una vez. Lo corrigió otra vez. Analizó los puntos. Se tomó su tiempo para decidir cuáles eran seguidos y cuáles eran “y a parte”, tal como le había enseñado la señorita Yolanda. Volvió a revisar. Volvió a corregir. Una vez concluida la obra maestra, la admiró extasiado. Se miró al espejo con beneplácito. Nadie haría algo similar. Comenzó su microrrelato, a su entender con una idea excelsa, que seguramente a nadie más se le ocurriría… [] … Se miró al espejo con beneplácito. Nadie haría algo similar. Comenzó su microrrelato… [] …algo similar. “La muerte. García”. “La Vida. García.” “El amor. García”. “No contaban con mi astucia. García”. ¡García otra vez!

Imperdonable.

  En el momento que dijeron “andá con las mujeres”, mientras ellos tomaban whisky junto al parrillero y José Pedro echaba las tiras de asado, supe que yo era distinta. —¿Puedo? —le saqué el vaso de la mano y mojé mis labios con la bebida del imperio. Prefería quedarme con los hombres. Mi matrimonio era una farsa. Sabía que se lo tenía que decir, pero nunca me perdonaría. No fue necesario, un día se apareció en casa sin avisar y no me dio tiempo de nada. —¿Así que ahora no tenés ganas, atorranta? —gritó, y me tiró de espaldas contra la mesada de mármol. No recuerdo si primero se partió mi columna o mi corazón se paró. Inmóvil en el piso vi a los forenses poner marcas, y recoger una muestra de semen. Sigan marchando, compañeras, ni una menos.

Ni un pelo.

  La gente no entiende cómo llegó tan lejos. A Josefina no se le mueve ni un pelo mientras todos aguardan el veredicto. Eran la pareja perfecta, eso decía todo el mundo. Juan José, tan apuesto y emprendedor; ella, tan mona. Todas querían ser Josefina y todos querían ser Juan José. Por eso todos están atónitos, aún no lo pueden creer mientras a Josefina, todo parece resbalarle: las gotas de lluvia que mojan su pelo, las miradas inquisitorias y la cara enajenada de Juan José, que desde el sillón del patio, mira un punto fijo en la nada mientras acaricia el revolver de plata. A Josefina no se le mueve ni un pelo mientras arrastran su cuerpo porque la sangre que ya se secó lo impide.

Ansiedad. (Mención)

  Urge que aparezca. Ya no sabe qué hacer, buscó en todas partes. Quizá debió haber interpretado algún tipo de señal y no lo hizo, el tic tac de la consciencia suena apabullante. No quiere hacer la llamada, se resiste a creer que no aparezca. El tiempo es oro y cada segundo cuenta. Se desespera. Mira el reloj. Esto no puede estar pasando. “Va a aparecer”, se repite como un mantra, una y otra vez. Le tiembla el cuerpo. Siente que está a punto de estallar. Y, como si Dios se apersonara para atender su ruego, aparece Afrodita666 en la puerta del boliche. “Y bueno, será un rapidito”, piensa García, que tomó la pastilla celeste hace ya dos horas.

La esperanza es lo último que se pierde.

  Será cuestión de peso, pensó orondo, y se miró en el espejo del vestidor. Se debatía acerca del color de la corbata que combinara con el elegante traje hecho a medida. Le metería todo el peso de su investidura y no se negaría. Se cepilló los dientes. Se puso spray para el blanqueado. Sonrió como si lo estuvieran filmando para un reclame de Kolynos. El spray le había costado un ojo de la cara, pero antes muerto que sencillo. Gris plata. Elegiría la corbata gris plata. No se negaría la curvilínea y apetitosa Katty, le vendaría los ojos con la corbata y la esposaría a la cama de barrotes, pensó el gordo García, algún día se le tenía que dar.

Oro en polvo.

  Todo lo que reluce no es oro, pensó, mientras recordaba que había llegado recomendada por Mariquita Arocena. No entendía cómo alguien que no hacía relucir la vajilla como Dios manda, podía contar con semejante aval. Le gustaba no ver ni una sola gota de polvo, pero no había caso. Al tercer día le había dicho al gordi de despedirla, pero él le dijo: —No seas así, pobre, ya va aprender. Por eso hoy, la esperaba con el despido en la mano. Y Minerva, que llegaba tarde. Pero ya no más. —¡¿Gordo?? —Fue a buscarlo a sus aposentos, y vio un papel junto a una rosa roja. Qué divino mi gordi, pensó, y leyó: “Gorda, sos la mejor. Estoy con Minerva”. Bañada en un manto de congoja, fue con Mariquita: —¡Esa ofrecida!, por suerte yo la eché, tomate un tecito, querida. Minerva había aprendido a sacar el polvo.

Conociéndote.

  La primera cita yo desbordaba felicidad. Sin embargo, el abdomen no podía dejar de contraérseme. Estaba nerviosa, muerta de miedo. Nunca pensé que me iba a sentir tan aterrorizada, quizá debí oír los consejos que me dieron, pero ya era demasiado tarde. No había marcha atrás. Estaba desesperada y no había nada que pudiera hacer. De pronto, sentí calor en el pecho. Esa piel tersa que me rozaba: —La segunda vez no te va a doler tanto. —me dijo una voz. La primera cita, ese nuevo ser, ese primer contacto: mi hija.

Algo huele a podrido en Dinamarca.

  Algo está sucediendo en la mansión abandonada junto al lago. Después de la muerte de Lady Covid, en la flor de su juventud, Lord Cave dejó de asearse. El otrora hombre afable devino en huraño y la barba le llegó hasta los pies. Se dice que nunca más salió de la casa y murió. Los lugareños creen que la casa está embrujada y que el espíritu de Lady Covid sigue vivo ahí adentro. Se oyen aullidos desesperados, hoy es noche de luna llena. El temor a que el lobizón haya invadido el lugar hace que munidos de valor, los lugareños irrumpan en el lugar. Una mujer grita: “¡Me bajaron del avión y tampoco me dejan en paz aquí con mi cuate!” Y García contesta: “¡Una vez que se me da, no puedo concluir!”

La media vuelta. (Primer Premio)

 " Tal vez mañana " , reza la pancarta con la foto de Fidel. “¡Viva Fidel!”, ovaciona el público reunido en la plaza; la convocatoria atrajo a un mar de gente. “¡Viva Fidel!”, gritan desde todas las ventanas y todos los balcones. Julieta ya no soporta el ruido. “¡Maldito Fidel!”, se dice. De pronto, se hace silencio. “¡Al fin se fueron!”, piensa Julieta, abre la ventana y sale al balcón. —Tal vez mañana —,suplica un megáfono en manos de su líder. —¡Ni mañana ni nunca! —grita Julieta —¡Nunca voy a salir contigo! “Tal vez mañana”, se dice el flacucho desgarbado de Fidel García y tararea: “Si encuentras un amor que te comprenda, y sientas que te quiere más que nadie, entonces yo daré la media vuelta”.

La caída.

  Érase una vez un pueblo caído del mundo, Degollado, en el mismísimo y literal sentido del concepto: para llegar vivito y coleando y no perecer en el intento, resulta imprescindible aceptar el apoyo de cuatro elefantes irresponsables y una tortuga. La efigie de la tortuga asexuada Gran A’Tuin preside la plaza principal y es un Santuario. ¿Qué tiene ese pueblo de m… que motiva al peregrinaje? Gran A’Tuin es la patrona de solos y solas y le rezan para no quedar a vestir santos. Pero las relaciones sexuales de Gran A’Tuin son, para los habitantes de Degollado, un dilema existencial más inquietante que la existencia de Dios o la vida interplanetaria. Millones de plegarias le son dedicadas para que se niegue rotundamente a la posición del misionero: el mundo se caería para siempre.

Intolerable.

 “ Una luz se apaga hoy”, escucha Mariluz, con el rictus indefinido, queriendo que ya se calle esa voz, a su juicio demasiado fuerte. Ya tiene suficiente como para soportar tamaño tormento, no hay derecho a tanta tortura. El discurso es de nunca acabar, el hombre habla sin pausa y su voz retumba en toda la sala, con esa energía que se le hace intolerable. Está a punto de estallar, todos permanecen erguidos en sus butacas con el cogote estirado, como queriendo tocar el cielo con la cabeza… “Una luz se apaga hoy pero otra se enciende mañana si comprás bombitas Ilumin!!!!” ¡Que empiece la película de una vez!, grita histérica Mariluz, escupiendo pochoclo en la cabeza de esa manga de malnacidos.

¡Qué padre!

  Por cada vez que la quedó, parió. El apetito sexual del infeliz era voraz y duraba menos que un lirio, por lo que estaba convencida de que su simiente tenía olor a La Pitonisa. El ginecólogo le había dicho que no podía quedar preñada, pero ella estaba loca de la vida, bastante con aguantar al infeliz. Cuando la quedó, pensó: “Un hijo viene con un pan bajo el brazo”. Ya podía abrir una panadería, así que fue con La Pitonisa y le cambió el pelo y la bombacha por un calzoncillo palometeado. Esa noche, el infeliz no pudo. —¡¿Ya no te gusto, puta?! —Cuidalos vos, malnacido — le contestó con la mochila en la mano — Andate a la puta que te parió.

La pulsera de plata.

  Por cada vez que lo vi, algo guardé: el papel arrugado con el teléfono que anotó el día que nos conocimos. La entrada al cine de Blade Runner, “La Divina Comedia” que me regaló y la pulsera de plata que se le cayó esa noche, más fría que su rostro hecho estatua, cuando me dijo impertérrito que me iba a dejar por otra. Supe que buscaba la pulsera desesperado, así que se la mandé en un sobre cerrado con una esquela: “Gracias por la comedia”. Hoy llueve. Conecta el cable HDMI del notebook al plasma y la película se tranca. Putea. Por cada vez que discutimos, porfía: —Yo nunca tuve una pulsera de plata—. Se ve que la pulsera se le borró; yo no.

Fama.

 Por cada vez que canté, oí los aplausos. Me limpié el sudor de la frente, y descansé. —¡Bravo! —, gritaron. Yo pensé en el teatro lleno. La gente me aclamaba de pie, y cada noche me daban un ramo de flores. Odié los aplausos, odié las risas. Necesitaba que me olvidaran, pero sabía que eso no sucedería. Ni siquiera tendrían piedad al recordar mis trajes barrocos pasados de moda, o mis éxitos devenidos en cursilerías. Otras voces me desplazaron. Me repudiaron, pero los cobardes lo merecemos. Cómo me habría gustado ser valiente, pero no aguanté los choques eléctricos. Por cada nombre que me sacaron, una abuela sigue esperando su verdad.

Ilusa.

  Ahora que no hay nada, puedo decir que todo fue en vano. Dominé mis pasiones. No cedí a las tentaciones. Antepuse mi sufrimiento al bienestar de los demás. —Prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe. —dije mirándote a los ojos el día de nuestro casamiento. “¿Dónde están el jardín de ensueño habitado por los buenos, el cielo, y la vida eterna? “, pienso inmóvil mientras se me evapora la carne, se reduce mi esqueleto y muerdo el polvo que echaste en mis narices.

Anhelado escape.

  Ahora que no hay sol, ya puede salir a la calle. Es ahora, o nunca, no vaya a ser que el sujeto la encierre para siempre. No tiene tiempo para sentimentalismos: guarda la pistola en el bolsillo. Redacta una esquela: “No me busqués, porque no me vas a encontrar”. Dobla el papel y sale oronda a la vereda, taconeando. —¡¿Te vas?! —oye la voz del sujeto. Ipso facto, ella saca la pistola y no duda en apuntarle. —¡Cobarde! —grita, y dispara. —¡¿Cuándo será que te vas a ir?! —¡Nunca, amor! —se ríe la gorda, mientras el flacucho desgarbado busca una toalla y piensa que no debió haber dejado suelta la pistola de agua.

Blanco seductor.

  Con el sol , la ropa queda bien blanca. Pero mi sábana está impoluta, ¿por qué habría de lavarla? No hubo un terremoto en mi cama, nunca tuve suerte con los hombres. Me siento a escribir en el banco de la plaza. —¿Qué escribís? —me sorprende una voz grave—tengo una librería cerca. Lo sigo. Abre la puerta y suenan las campanitas. —¿Te gustan los juegos?—saca del bolsillo unas esposas. —Tus medias… qué blanco seductor… Me venda con una. —Del placer al dolor hay sólo un paso… Me ata la otra alrededor del cuello. —Me falta el aire … —No tenés suerte con los hombres pero ya no vas a sufrir más, nena. Hoy no debió salir el sol.

Las cosas del querer.

  Las cosas se hablan de frente, piensa Luz mientras escribe. Cuando se lo contó a Mónica, su madre, le gritó: —¡Mocosa atrevida! ¡Eso te pasa por usar mi lápiz de labios! —. Luz estampa una elegante rúbrica en el papel. Se irá, Mónica sólo ve por los ojos de Roberto, mientras piensa en las cosas que se hablan puertas adentro desde que tiene memoria: “¿Te gustan los caramelos?, mirá lo que te trajo el tío Roberto, pero no le digas a mamá, después el dentista te dice que tenés caries”. Mónica mira a su hija. Su piel de porcelana. Su vestido blanco. Su cuerpo hecho una estatua. La caja que la encierra. La carta que dejó. Luz se fue.

De temer.

  Las cosas que le hace hacer el viejo y ella no dice nada. Muchas veces le han preguntado que le pasa, pero nadie logra sacarle nada en limpio. Hasta que fue designada comisaria , y a mucha honra, la señorita Virtudes Anorgas: - Manga de inútiles, yo voy a llegar al fondo del asunto en media hora – dijo oronda y citó a la presunta víctima. – Hablá, no te va a pasar nada - ¡A mi no, doña! Ahora él debe estar bailando en el bosque con el disfraz de coliflor. ¿Mire si se va pa el otro mundo por hipotermia?

Sempiternas.

  Las cosas son inmortales; las piedras de Machu Pichu han visto el rostro de Atahualpa y también han visto el mío.

La Celestina.

  Uno a uno , va observando los rostros de los tipos que su madre ha separado como “buenos partidos” con desagrado. —Maite, a vos nada te viene bien —la rezonga. —Es que yo quiero enamorarme —,responde. —¡¿Enamorarte?!—grita la madre histérica mientras se pinta las uñas de rojo —no tengo un mango partido por la mitad y la señorita rechaza que su familia salga de la miseria. ¡Vas a aceptar a Patricio Urrutia, el tipo más poderoso del país y sanseacabó! El día de la cita, Maite va resignada, pero el espanto le gana cuando Patricio le dice: —¿Vos sos la nueva? Ponete el portaligas, y me atendés uno a uno a los señores, ¿entendiste, pendeja?

Pasionaria.

  Uno a uno —grita el Cacho a los que escuchan el partido. —Más aburrido que bailar con la hermana —dice el Carlos, desde la vereda, con un cigarro entre los dedos que huelen a aceite y grasa. Lo fuma con parsimonia, tratando de estirar como a un chicle ese instante milagroso, debe entrar para cambiarle los amortiguadores a la Fiorino. El Carlos termina el pucho y cuando se da vuelta, una voz le dice: —¿Querés hacer el amor conmigo? —. Otra vez “La Loca”. Deambula todos los días por la zona y hace la pregunta a cualquier tipo que ve en la calle. “Tá piantada esta mina”, dicen los muchachos. Y el Carlos piensa: “Uno a uno pasaremos”.

Equívoco. (Mención)

  García, nostálgico , se puso la peluca rubia. Se miró al espejo y se puso el resto del atuendo: minifalda de cuero negro, medias, portaligas y stilettos de charol. Se contempló adorándose, y con la enceradora en la mano, empezó a contonearse. Fue entonces que la madre abrió la puerta del dormitorio. Al ver a su retoño hecho una flor de loca, se persignó y rezó tres avemarías. Ahora entendía todo; el “nene” nunca le había presentado una novia. –¡Decime que no es lo que estoy pensando! –gritó histérica la vieja, que estaba más lúcida que Mirtha Legrand. –Pero má, yo me voy a la noche de la nostalgia, estoy disfrazado de Freddy Mercury.

El otro García.

  García, nostálgico , se pregunta por qué no le siguió la corriente cuando recibió hace dos horas su mensaje de Whatsapp: “Hola, mi nombre es Luli, mamá de Flopi. No nos conocemos pero quiero agradecer tu presencia en la sala de Zoom de papis y mamis. Además, la novia de mi ex marido es tu ex mujer, ¿tomamos un café?”. “Estimada Luli, agradezco tus comentarios hacia mi persona, pero debo confesarte que no soy el García al que te referís, yo soy Nerón García, pero gustoso te acepto el café”. Ahora, estaría a media luz con ese minón infernal, conectado al elixir del placer, a pesar de ser él un desgarbado flacucho. Pero ella le dijo que no.

Perseguida.

  Más vale que se me borre la memoria, prefiero ser una cáscara antes que ver a Klaus Kinski en la piel de Nosferatu durante toda mi vida. Me persiguen su siniestra mirada y el féretro de su cama. Como quisiera jamás haber ido a aquella matiné del Arizona, pero a Mabelita le encantaban los vampiros y se salió con la suya, arrastrándonos tras ella. Por su culpa, esa noche no pude pegar un ojo. Veía ratas y tumbas en cada lugar de mi dormitorio y mi madre tuvo que velar mi sueño. Ojalá estuviera en la matrix, y me borraran la memoria de un plumazo, pero no puedo meterme en una película. Ya no me quedan excusas, es hora de ir al psicólogo.

Pecado Mortal.

  Más vale que nadie se de cuenta, se dice mientras cepilla desquiciada la camisa blanca tratando de sacar los restos de la mancha púrpura del cuello. Se arrepiente de haberlo hecho, pero hay que ver que el malnacido se lo merecía. Tiene miedo y reza tres avemarías. ¿Por qué lo hizo? No le tembló el pulso, nadita. Lo hizo y punto. El infeliz todavía tiene las mejillas coloradas. Más vale que nadie se de cuenta, cualquier cosa antes que cornuda, flor de cachetada le dio. —Pará, loca — dice el que volvió del Averno. —No paro nada, ¡lo último que me falta es lavarte las camisas y las manchas del rouge de tu secretaria, infeliz! ¡Lavalas vos!

Cerebro Virtual.

  Flaco favor le hace Emi al dictarle “El revolucionario es necesariamente un oprimido y un trabajador, y es oprimido como trabajador” a la superficial Lali, que mata por preservar sus 90 60 90 y está muerta con Nietszche666, de Tinder. Con dos dedos, la exigua curvilínea escribe letra por letra. Ipso facto, Nietszche666 brinda (según sus propias palabras) por “la existencia de mujeres revolucionarias y bellas” y cita a Lali en un boliche para analizar “El Ser y La Nada”. Horas después, Emi está sentada en la mesa de atrás y le sopla las respuestas a la descerebrada mientras piensa: “Flaco favor te hice antes, este es uno bien Gordo”.

Volver.

  No se puede calentar el cuerpo de él con sus caricias, “tiene a otra” piensa, mientras se dice que no estaba tan loca cuando le olía la ropa para descubrir otro perfume, o le revisaba el celular buscando mensajes encriptados. —Yo sabía, ¡yo sabía! —grita, mientras lo zamarrea descontrolada. —Ya, basta —le dice una voz suave mientras la abraza, — no se puede volver el tiempo atrás. —Si yo hubiera…—responde ella, —Nada. No se puede hacer nada para que él no hubiera estado al alcance del fusil enemigo y menos aún se puede volver de la muerte.

Dios y el Diablo.

 “ No se puede ”, pensó Pérez, (para no ser injustos porque García ya protagonizó varios cuentos), “bueno, en realidad poder se puede, no se debe”, se dijo después de mirarse al espejo cinco veces seguidas y constatar que el tratamiento de blanqueamiento dental había dado sus frutos y le ofreció su más calculada sonrisa a Abdala, ese que tiene por nombre la ciudad de la Casa Blanca. Una hora después, le ofreció la misma sonrisa al otro Abdala, apodado igual que el rey del show porteño que idiotiza masas desde la tevé. Entonces pensó: “Si se puede quedar bien con Dios y con el Diablo, aunque no se debe”.

Urgente.

  Si tanto quería , encerrado en su armadura a punto de explotar, con una combustión infinita y una necesidad urgente ¿se flagelaría bajo el agua fría? Ella rasgó sus vestiduras y con la piel erizada le pidió que la recorriera. —No tan de prisa —lo paró y él se adueñó de cada rincón, exprimió una fruta y pintó su cuerpo. —No podemos seguir hasta no saber dulces —le respondió. Y el volcán erupcionó, la lava le alcanzó el cuerpo y llenó sus huecos. Ya nada lo apretaba, y una suavidad infinita lo elevó al cielo.

La venia.

  Si tanto quería que le hicieran la venia, por algo sería, pensó. Cada vez que el auto pasaba por el peaje, el general de turno se cuadraba y decía: —Buen día, Doctor —. No preguntó nada porque era la única mujer que viajaba sistemáticamente al interior del país con Ellos, para que se lucieran cortado la cinta en inauguraciones de centros hospitalarios. El día que cayó en la cuenta de que el Doctor hacía las autopsias selladas con elegante rúbrica de los que estaban desaparecidos, permaneció muda, tratando que no notaran que estaba aterrorizada a la vez que pensó: “qué suerte que saqué los discos de Viglietti de casa”.

Lado del río.

  La cuestión es que nunca voy a olvidar en mi vida el mes de noviembre de 1980 con 14 años recién cumplidos; fue el acto en el Cine Cordón por el "No". Se llenó la calle y estuvimos en el balcón con mi familia. Cuando terminó la oratoria, Lucifer apareció en forma de caballo con palos. Todos corrieron desesperados, pero los aplastaron y la gente quedó tirada en plena calle. Por eso, días después, cuando ganamos, constaté que no lograron aterrorizarnos. Desde entonces, supe de qué lado del río estoy.

Eras vos.

  La cuestión es que eras vos. Hace 32 años cantabas en un escenario y tu pelo negro se mezclaba con tu voz de barítono. Yo me reía de los amores a primera vista, pero pasó y me dejaste por otra. Me hice olvidarte y volví a enamorarme, quizá porque te vi a vos en él. Te casaste y me casé. Nunca más supe de vos. 25 años después, vi tu foto en Facebook. Tenías el pelo blanco y estábamos a 7500 km de distancia. Subiste a un avión y viniste. Tu voz permanecía intacta. Me miraste. Te miré. Hoy estamos juntos. La cuestión es que existe el amor a primera vista y lo que acaban de leer no es un micro relato, es mi biografía.

Bailar con la más fea.

  53 % de aprobación, tenía al 6/2 según “Equipos Consultores”. Agrandado como zapatilla de pobre, tiró la casa por la ventana, con rey incluido. El circo empezó al mediodía del 1/3, en medio de dantescos oropeles: la caprichosa soprano que no se lució, los diseños por encargo para Julita, Loli y Bea, la cachila de Herrera, desempolvada del Museo del ACU, que los llevó a él y a Bea hasta la Plaza Independencia para concluir allí la ceremonia más bizarra de todos los tiempos. La calma antes de la tormenta, dicen unos. Castigo divino, dicen los otros. Lo único cierto en esta historia es que a él le tocó bailar con la más fea.

El rescate.

 — 53 mil dólares, sino, ya sabe. —¿Quién es usted? — Alguien que quiere lo mismo que usted — dijo el uno y cortó. El otro, se sentó en el estudio. Abrió el cuaderno y anotó: “1. Asaltar un Abitab, pasamontaña, revolver. 2. Hackear la base de datos del banco. 3. Abrir una iglesia Pare de Sufrir…. 53. Nada”. En ese momento, un rayo partió el árbol del fondo. “Es una señal”, pensó. “¿Estás seguro de casarte? Podría ser tu hija.” Jamás le había dado motivos. Y ayer, la secuestraron. ¿La secuestraron? “¡Qué hija de puta!”. 53. Nada. Qué rescate ni que ocho cuartos. Se la sacaría de encima salvando su honor. “Seré cornudo pero no estúpido”.

Mentira.

  53 . — ¡Mentira! —No. —Cantame la justa. —53. —¿53? Me muero muerta. ¡Quiero ser vos! —. Quiere ser yo. Como si las personas actuaran los papeles que les asignan. Bueno, muchos sí. Hay que tener cuidado, nunca se sabe quién es quién en un mundo de criaturas clonadas. —Entonces, tendrás algo que no es tuyo. —No. —¿Ninguna cirugía? —¡No! —No te pongas así, si te hiciste una cirugía lo que tenés es tuyo, ya lo pagaste. —No tengo cirugías. —Entonces no tenés 53. —Sí, tengo. —¿De qué signo sos? —Virgo. —Ah, es por eso. Sos Caballo de Fuego y nadie se va a dar cuenta cuando seas vieja.

Ultimátum

  Sabe distinto, piensa mientras deja el vaso sobre la mesa. Le pica todo. Se rasca. Le pica más. Se para, y va hacia el espejo. ¿Este soy yo?, se pregunta mientras se contempla con horror. Tiene la cara ampollada. Desesperado por la comezón, se golpea la cabeza contra la pared. Siente náuseas, vomita. Se marea, y ya no puede ponerse de pie. El cuerpo se le va poniendo rígido. Abre los ojos. De pie en la puerta está la patrona. Ayudame, gorda, le dice. Qué gorda ni que ocho cuartos. ¿Estaba rica el agua? Todas las palizas se van con vos al infierno, malnacido.

Promesa.

  García lo predijo cuando Fernández mostró la cara: no sucedería. Daba una imagen que a primera vista podría parecer angelical, pero García sabía en el fondo que no lo era. Fernández había prometido, pero de promesas está plagado el camino del infierno. La fecha llegó con un García lleno de esperanzas que aguardaba impaciente y para su sorpresa, Fernández apareció sonriendo con ese carisma seductor de masas. García, embargado de alegría, se preparó. Pero, contra todos sus pronósticos, Fernández le dijo que no. Maldita Graciana Fernández, le gustaba calentar la pava pero después no dejaba que tomaran el mate.

Titiriteros.

  Tanta alegría colectiva hace que las marionetas repitan su número infinitas veces, la recaudación del día tendrá varios ceros a la derecha. Los titiriteros, en cuclillas en el improvisado teatro, resisten con placer los calambres en las piernas por tantas horas de inamovilidad mientras espían a los espectadores: repiten las consignas con beneplácito, absolutamente concentrados, sin parar de reír ni un instante. —Parecen autómatas, ¡maravilloso, que siga el baile! —corean Trump, Xi y Putin, al unísono.

Inmóvil.

  Se levantó y abrió mi camisa. —No te muevas —dijo. Esperé quieta. Los nervios me estaban matando. —¡No te muevas ni hables! —se alteró. Como una estatua muda, yo trataba de disimular que respiraba. El tiempo no pasaba más. —¿Qué me vas a hacer? —Silencio, ¡Dejame pensar! —Histérica, permanecí sin mover ni un ápice de mi piel. Con la mente en blanco, miraba un punto fijo, en una nada absoluta. La luz entraba por la ventana.—Nadie se va a dar cuenta, darling, porque mis diseños son exclusivos. Todas te van a preguntar de quién es la camisa —dijo finalmente Jimmy, el diseñador top. Ya van a ver esas urracas. Se van a atragantar de la envidia.

Un paso más.

  Nada tan cierto como que al que madruga, Dios lo ayuda. Aún no había moros en la costa y salió a hurtadillas del escondite, anoche los tanques y las excavadoras habían destruido cultivos y granjas. Miró el cielo azul de la mañana y mientras caminaba descalza por la hierba mustia, se permitió soñar y su pelo negro largo danzó al ritmo de la brisa. Pensó en la alegría que sentiría su familia al verla con vida. Ya podía ver el caserío. Faltaba poco. “Un paso más”, se dijo. Entonces, escuchó el click de la presión de su pie; había pisado una mina.

Ilusión.

Pensó en renunciar . Llegó al cumpleaños de Marta y le dio el regalo. "¡Pero estas pilchas sí que son caras!", le dijo alborozada mientras además sacaba del paquete un set de maquillaje que ni en el mejor de sus sueños hubiera visto. "Vos te lo merecés, mi reina", le dijo. Un golpe seco estremeció la puerta. "¡Si no abren, la tiro abajo!", gritaron en medio de un disparo al cielo. "¿Creías que eras la dueña de tu vida?", le dijo el tipo zamarreándola. Una hora después, estaba vestida con minifalda, tacones, medias de red y pintada como una puerta. "La próxima vez no contás el cuento, ¡a trabajar, puta de mierda!".

Éxtasis.

  García, de pie, miraba la alfombra verde y veía su cara en el espejo. Las plantas de los pies le pedían acariciar el terciopelo. El rostro insignificante por primera vez brillaba. Adelantó una pierna, y luego la otra. Los pies, excitados, se frotaban sobre la alfombra. García flotaba y ascendía hacia los cielos; sintió que era Dios. Su cuerpo se hacía cada vez más liviano obedeciendo la ley de gravedad. Los nenúfares lo circuncidaron y pensó: “Sólo Dios camina sobre el agua” mientras la última bocanada de aire le entró por la nariz, García no sabía nadar.