Inmóvil.
Se levantó y abrió mi camisa. —No te muevas —dijo. Esperé quieta. Los nervios me estaban matando. —¡No te muevas ni hables! —se alteró. Como una estatua muda, yo trataba de disimular que respiraba. El tiempo no pasaba más. —¿Qué me vas a hacer? —Silencio, ¡Dejame pensar! —Histérica, permanecí sin mover ni un ápice de mi piel. Con la mente en blanco, miraba un punto fijo, en una nada absoluta. La luz entraba por la ventana.—Nadie se va a dar cuenta, darling, porque mis diseños son exclusivos. Todas te van a preguntar de quién es la camisa —dijo finalmente Jimmy, el diseñador top. Ya van a ver esas urracas. Se van a atragantar de la envidia.
Comentarios
Publicar un comentario