Pan comido.
“He vivido, esto es pan comido”, y mientras esa retahíla de pensamientos danzaba cual grácil bailarina por los caminos de –a su entender- privilegiado cerebro, Rubén se acodó a la barra: —Dame un bloody Mary —le espetó orondo al barman.
El minón infernal que, por supuesto, había sucumbido a sus encantos, se hacía esperar, pero tamaña erogación lo ameritaba.
—Hola bebé —. El susurro interrumpió sus cavilaciones.
Zenia, la celestial criatura, pidió ostras al champagne. Rubén pensó en robar las joyas a su santa madre y pasarlas a cobre.
Zenia eligió un hotel cinco estrellas para “aquello”: —Bebé, voy al jacuzzi, ya vuelvo.
Tras tres horas, se le apareció como Dios la trajo al mundo. “Ahora sí, papá”, se aprontó Rubén y el celular de Zenia sonó:
—Bebé, internaron a papá, me voy, pero te juro que nunca te voy a olvidar.
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