Un paso más.

 Nada tan cierto como que al que madruga, Dios lo ayuda. Aún no había moros en la costa y salió a hurtadillas del escondite, anoche los tanques y las excavadoras habían destruido cultivos y granjas. Miró el cielo azul de la mañana y mientras caminaba descalza por la hierba mustia, se permitió soñar y su pelo negro largo danzó al ritmo de la brisa. Pensó en la alegría que sentiría su familia al verla con vida. Ya podía ver el caserío. Faltaba poco. “Un paso más”, se dijo. Entonces, escuchó el click de la presión de su pie; había pisado una mina.

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