Anhelado escape.
Ahora que no hay sol, ya puede salir a la calle.
Es ahora, o nunca, no vaya a ser que el sujeto la encierre para siempre.
No tiene tiempo para sentimentalismos: guarda la pistola en el bolsillo. Redacta una esquela: “No me busqués, porque no me vas a encontrar”. Dobla el papel y sale oronda a la vereda, taconeando.
—¡¿Te vas?! —oye la voz del sujeto.
Ipso facto, ella saca la pistola y no duda en apuntarle.
—¡Cobarde! —grita, y dispara.
—¡¿Cuándo será que te vas a ir?!
—¡Nunca, amor! —se ríe la gorda, mientras el flacucho desgarbado busca una toalla y piensa que no debió haber dejado suelta la pistola de agua.
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