La pulsera de plata.
Por cada vez que lo vi, algo guardé: el papel arrugado con el teléfono que anotó el día que nos conocimos. La entrada al cine de Blade Runner, “La Divina Comedia” que me regaló y la pulsera de plata que se le cayó esa noche, más fría que su rostro hecho estatua, cuando me dijo impertérrito que me iba a dejar por otra.
Supe que buscaba la pulsera desesperado, así que se la mandé en un sobre cerrado con una esquela: “Gracias por la comedia”.
Hoy llueve. Conecta el cable HDMI del notebook al plasma y la película se tranca. Putea.
Por cada vez que discutimos, porfía: —Yo nunca tuve una pulsera de plata—. Se ve que la pulsera se le borró; yo no.
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