Imperdonable.

 En el momento que dijeron “andá con las mujeres”, mientras ellos tomaban whisky junto al parrillero y José Pedro echaba las tiras de asado, supe que yo era distinta. —¿Puedo? —le saqué el vaso de la mano y mojé mis labios con la bebida del imperio. Prefería quedarme con los hombres.

Mi matrimonio era una farsa. Sabía que se lo tenía que decir, pero nunca me perdonaría.

No fue necesario, un día se apareció en casa sin avisar y no me dio tiempo de nada. —¿Así que ahora no tenés ganas, atorranta? —gritó, y me tiró de espaldas contra la mesada de mármol.

No recuerdo si primero se partió mi columna o mi corazón se paró. Inmóvil en el piso vi a los forenses poner marcas, y recoger una muestra de semen.

Sigan marchando, compañeras, ni una menos.

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