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Mostrando entradas de julio, 2020

Napoleón.

Aquella idea había sido culpa del psicólogo, al sugerirle que se comprara una mascota para llenar su vacío existencial. —¿Habla? —se había maravillado el Diputado. —Sí señor, se lo juro por mi santa madre, que en paz descanse —respondió el vendedor.  No lo dudó ni un instante, en menos que canta un gallo se compró el loro y lo bautizó “Napoleón”. El día que Napoleón dijo su primera palabra, el Diputado le mandó hacer por encargo una jaula de oro. Ahora, aguarda en la puerta del psicólogo para incendiarle el consultorio. El loro le dijo “puta” a la mujer de Presidente y lo mandaron a freír espárragos.

Nunca más.

Una sucesión de malas decisiones la hizo contestar “Si”, y la cámara se encendió. Nunca antes había usado lencería erótica, pero en ese tugurio de mala muerte nadie la conocía. Todo rojo, una verdadera Diablita. Todo el mundo decía que no había nada que no se olvidara con una buena dosis de sexo desenfrenado. A la mañana siguiente, el hijo mayor la despertó llorando con el celular en la mano. Quedó helada: el video se había viralizado. El marido la miró con desprecio y le dijo—Los nenes se quedan conmigo, no los vas a ver nunca más. 

Se hizo humo.

La más grande e inesperada revelación hizo que extendiera la mano temblorosa, con el dedo anular listo para recibir el cintillo. Ni en el mejor de sus sueños había imaginado que un churro como él podría elegirla a ella. “La suerte de las feas las lindas la desean”, pensó. Le taparía la boca a todos, y nadie le volvería a decir “Te vas a quedar para vestir santos”. —Quién lo diría…—murmuraban las comadronas mientras ella avanzaba hacia el altar. —Si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre —dijo el cura, antes de bendecir la unión. —¡Yo!— sonó. Y el buenmozo la miró a ella, miró al Adonis emisor y se hizo humo.

Prohibido.

No es la primera ni la última contracción, un esfuerzo más que ya se ve la cabecita, dice el doctor y ella puja. Llora la niña, es un varón, dice la partera, no llores. Ya todo acabó y le cierran los párpados a la niña. Los padres adoptivos hacen trámites y él, piensa que después de todo no cuenta una “caricia” en medio de una borrachera. Mejor que ella haya muerto, piensa, así nunca se sabrá, no será la primera ni la última vez. 

Desgarro.

Veinticuatro años antes él lloró  y cortó el cordón umbilical. Cierran sus ojos por última vez y la muchacha llora, la matriz se le desgarra mientras la tierra golpea sobre la madera del reposo eterno.

Éxtasis.

García, de pie, miraba la alfombra verde y veía su cara en el espejo. Las plantas de los pies le pedían acariciar el terciopelo. El rostro insignificante por primera vez brillaba. Adelantó una pierna, y luego la otra. Los pies, excitados, se frotaban sobre la alfombra. García flotaba y ascendía hacia los cielos; sintió que era Dios. Su cuerpo se hacía cada vez más liviano obedeciendo la ley de gravedad. Los nenúfares lo circuncidaron y pensó: “Sólo Dios camina sobre el agua” mientras la última bocanada de aire le entró por la nariz, García no sabía nadar.

Sed Asesina.

La lluvia había dejado de caer. Sed asesina, gritan pastizales y sembrados, hurta a la fauna la hierba y al hombre el puchero, la lluvia imperturbable sigue de viaje, vienen gargantas de dragones y  fulminadas por un rayo caen las manadas en los campos devenidos en carnicería; la tierra está muerta. Camino por alfombras de cadáveres impregnándome en el vacío de supervivencia con mi sombrero de hongo que comienza a evaporarse, eco de la detonación de Satanás.

Viral.

Cuando toda la ciudad supo que era yo, las aguas estaban divididas: los unos sostenían que él me lo había hecho y los otros, que yo me lo había hecho. “Nunca imaginé que fueras capaz”, el eco penetraba mi espacio todo. “Mi amor, no significa nada”, le dijo él a su mujer. “¿Viste quién es?”, “No sé qué va a hacer ahora”, decían en los ómnibus, supermercados, confiterías, kioscos. Todos lo sabían. “Dale puta, dame más”, decía él,  pero en un segundo, sólo uno, se vio mi cara y todos me reconocieron. “A ver qué periodismo va a hacer ahora este sorete, se lo tiene merecido” dicen unos, y los otros “Hay que ser muy estúpido para guardar ese video”. No sé qué escribirán en mi epitafio, no importa, acá estoy tranquila.