Napoleón.
Aquella idea había sido culpa del psicólogo, al sugerirle que se comprara una mascota para llenar su vacío existencial. —¿Habla? —se había maravillado el Diputado. —Sí señor, se lo juro por mi santa madre, que en paz descanse —respondió el vendedor. No lo dudó ni un instante, en menos que canta un gallo se compró el loro y lo bautizó “Napoleón”. El día que Napoleón dijo su primera palabra, el Diputado le mandó hacer por encargo una jaula de oro. Ahora, aguarda en la puerta del psicólogo para incendiarle el consultorio. El loro le dijo “puta” a la mujer de Presidente y lo mandaron a freír espárragos.