Blanco seductor.
Con el sol, la ropa queda bien blanca. Pero mi sábana está impoluta, ¿por qué habría de lavarla? No hubo un terremoto en mi cama, nunca tuve suerte con los hombres.
Me siento a escribir en el banco de la plaza.
—¿Qué escribís? —me sorprende una voz grave—tengo una librería cerca.
Lo sigo. Abre la puerta y suenan las campanitas.
—¿Te gustan los juegos?—saca del bolsillo unas esposas. —Tus medias… qué blanco seductor…
Me venda con una.
—Del placer al dolor hay sólo un paso…
Me ata la otra alrededor del cuello.
—Me falta el aire …
—No tenés suerte con los hombres pero ya no vas a sufrir más, nena.
Hoy no debió salir el sol.
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