Por la ventana vio la luz: “Es ahora o nunca”, se dijo. Ningún momento se perdería en el tiempo, nadie podía imaginar lo que había visto. Con la bombacha veintisiete completó la colección que venía preparando desde entonces, envolviéndola en papel satinado. Adiós refuerzos de mortadela, bienvenido caviar. Fue al subsuelo de Tres Cruces y despachó el paquete al que le adjuntó la siguiente esquela manuscrita: “Querida Melinda: Recibe estas prendas y mi corazón, que te esperan desde 1994. Con amor, Replicante García”.
Si tanto quería que le hicieran la venia, por algo sería, pensó. Cada vez que el auto pasaba por el peaje, el general de turno se cuadraba y decía: —Buen día, Doctor —. No preguntó nada porque era la única mujer que viajaba sistemáticamente al interior del país con Ellos, para que se lucieran cortado la cinta en inauguraciones de centros hospitalarios. El día que cayó en la cuenta de que el Doctor hacía las autopsias selladas con elegante rúbrica de los que estaban desaparecidos, permaneció muda, tratando que no notaran que estaba aterrorizada a la vez que pensó: “qué suerte que saqué los discos de Viglietti de casa”.
Aquel extraño sueño parió a Marina. Inolvidables sus ojos de cielo y el pelo largo cayéndole por la espalda del uniforme del liceo. Increíble encontrarla por la calle, cuarenta años después. Dubitativo, la llamó por su nombre. Ella giró, y respondió con el suyo. —¿Nos vemos? —propuso él, y para su sorpresa, ella aceptó. Por eso, no entendía por qué Marina demoraba; le había comprado el vestido blanco y la había pensado de mil formas. Le timbró. Y recibió la más desconcertante de las respuestas. “Malagradecida”, maldijo. No había hecho nada malo. Su único pedido fue que usara zapatos de taco. Marina lo había dejado plantado después de pronunciar aquellas dos humillante palabras y mandarlo a vestir el traje de enfermerita: Pajero García.
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