Oro en polvo.
Todo lo que reluce no es oro, pensó, mientras recordaba que había llegado recomendada por Mariquita Arocena. No entendía cómo alguien que no hacía relucir la vajilla como Dios manda, podía contar con semejante aval.
Le gustaba no ver ni una sola gota de polvo, pero no había caso.
Al tercer día le había dicho al gordi de despedirla, pero él le dijo: —No seas así, pobre, ya va aprender.
Por eso hoy, la esperaba con el despido en la mano. Y Minerva, que llegaba tarde. Pero ya no más.
—¡¿Gordo?? —Fue a buscarlo a sus aposentos, y vio un papel junto a una rosa roja. Qué divino mi gordi, pensó, y leyó: “Gorda, sos la mejor. Estoy con Minerva”.
Bañada en un manto de congoja, fue con Mariquita: —¡Esa ofrecida!, por suerte yo la eché, tomate un tecito, querida.
Minerva había aprendido a sacar el polvo.
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