La venia.
Si tanto quería que le hicieran la venia, por algo sería, pensó. Cada vez que el auto pasaba por el peaje, el general de turno se cuadraba y decía: —Buen día, Doctor —. No preguntó nada porque era la única mujer que viajaba sistemáticamente al interior del país con Ellos, para que se lucieran cortado la cinta en inauguraciones de centros hospitalarios. El día que cayó en la cuenta de que el Doctor hacía las autopsias selladas con elegante rúbrica de los que estaban desaparecidos, permaneció muda, tratando que no notaran que estaba aterrorizada a la vez que pensó: “qué suerte que saqué los discos de Viglietti de casa”.
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