¡Qué padre!
Por cada vez que la quedó, parió.
El apetito sexual del infeliz era voraz y duraba menos que un lirio, por lo que estaba convencida de que su simiente tenía olor a La Pitonisa.
El ginecólogo le había dicho que no podía quedar preñada, pero ella estaba loca de la vida, bastante con aguantar al infeliz.
Cuando la quedó, pensó: “Un hijo viene con un pan bajo el brazo”.
Ya podía abrir una panadería, así que fue con La Pitonisa y le cambió el pelo y la bombacha por un calzoncillo palometeado.
Esa noche, el infeliz no pudo.
—¡¿Ya no te gusto, puta?!
—Cuidalos vos, malnacido — le contestó con la mochila en la mano — Andate a la puta que te parió.
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