Fama.

 Por cada vez que canté, oí los aplausos. Me limpié el sudor de la frente, y descansé.

—¡Bravo! —, gritaron. Yo pensé en el teatro lleno. La gente me aclamaba de pie, y cada noche me daban un ramo de flores.

Odié los aplausos, odié las risas. Necesitaba que me olvidaran, pero sabía que eso no sucedería. Ni siquiera tendrían piedad al recordar mis trajes barrocos pasados de moda, o mis éxitos devenidos en cursilerías.

Otras voces me desplazaron. Me repudiaron, pero los cobardes lo merecemos.

Cómo me habría gustado ser valiente, pero no aguanté los choques eléctricos.

Por cada nombre que me sacaron, una abuela sigue esperando su verdad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ahora o nunca.

La venia.

Inocencia interrumpida.