Se hizo humo.

La más grande e inesperada revelación hizo que extendiera la mano temblorosa, con el dedo anular listo para recibir el cintillo. Ni en el mejor de sus sueños había imaginado que un churro como él podría elegirla a ella. “La suerte de las feas las lindas la desean”, pensó. Le taparía la boca a todos, y nadie le volvería a decir “Te vas a quedar para vestir santos”. —Quién lo diría…—murmuraban las comadronas mientras ella avanzaba hacia el altar. —Si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre —dijo el cura, antes de bendecir la unión. —¡Yo!— sonó. Y el buenmozo la miró a ella, miró al Adonis emisor y se hizo humo.

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