Inocencia interrumpida.

 Aquel extraño sueño parió a Marina. 

Inolvidables sus ojos de cielo y el  pelo largo cayéndole por la espalda del uniforme del liceo. 

Increíble encontrarla por la calle, cuarenta años después. Dubitativo, la llamó por su nombre. Ella giró, y respondió con el suyo. —¿Nos vemos? —propuso él, y para su sorpresa, ella aceptó. 

Por eso, no entendía por qué Marina demoraba;  le había comprado el vestido blanco y la había pensado de mil formas. 

Le timbró. Y recibió la más desconcertante de las respuestas. 

“Malagradecida”, maldijo. No había hecho nada malo. 

Su único pedido fue que usara zapatos de taco. 

Marina lo había dejado plantado después de pronunciar aquellas dos humillante palabras y mandarlo a vestir el traje de enfermerita: Pajero García. 


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